Una vez hubo un hombre por Calabazar o por Sagua que le nombraban El Cuentero Mayor y que era de pico fino para contar cosas. Fue en medio de un batey en zafra, donde revoloteó su musa entre la gente de Vueltarriba y la gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Onelio. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado largo hacia arriba hasta darse con la rivera de su escaso pelo. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres. Por entonces se juntaban todos en el ingenio Narcisa. Allí venían: Raúl Ferrer, y otros que no me acuerdo. Luego, en cuanto Onelio empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo. No había Cangrejo con Alas ni Canto de Cigarra que no le brotara del pecho. Preciso e infalible el cuentero sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía.
Y andando por los caminos, como quien no quiere las cosas, conoció a Moñigueso, a la hacendosa Francisca, compartió noches de insomnio con Los Carboneros, entre mangles rojos y estampidas de mosquitos, y tejió los sueños de una niña eternamente mala.
Onelio Jorge Cardoso enseñó a las nuevas generaciones de escritores que la poesía habita en los lugares más insospechados, en las trenzas de Leonela, en el Hierro Viejo, en la espera de Mi hermana Visia o en la constante búsqueda de un Caballo de Coral.
Sus historias recorren el mundo en más de doce idiomas y toman su lugar en las más diversas antologías de cuentos universales. Trascienden los espacios y llegan al teatro, al ballet o al cine de su querido Calabazar de Sagua para que la señora Buen Viaje pueda verlas todas las noches.
Pero un día entre tantos llegó la muerte. Con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla al bolsillo, dijo: - Santos y buenos días- y ninguno de los presentes la pudo reconocer. Porque cuando quedan aún tantas cosas que decir, es imposible pensar en ella.
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