A veces, de vivir tan cerca del mar, ni percibimos su encanto, dejamos de notar el aroma inconfundible del salitre, transitamos a toda prisa por su orilla sin detenernos un par de minutos al menos a “dejarnos encantar” por el paisaje marino de Caibarién.
Sin embargo, para quienes nacieron dotados por la sensibilidad artística, el mar es motivo principal de inspiración: de ahí que músicos, poetas, pintores, vean el mar, ese mismo, el nuestro, de otra manera. Los artistas de la plástica perciben y nos enseñan a través de sus miradas cuán afortunados somos de vivir junto al mar.
En Caibarién, sobre todo, las marinas han distinguido la obra de varios artistas, y los no consagrados a ese tipo de paisaje, o cultores de otros códigos estéticos, de alguna u otra forma, también lo llevaron al lienzo.
Comienzo el recuento por quien amó y consagró nuestros paisajes marinos hasta elevarlos a su enorme talla artística: Leopoldo Romañach, que nacido en Sierra Morena, ganó por su obra el derecho de ser relevante hijo adoptivo; y voy a Clotildo, pintor y maestro de pintores, que hizo de las marinas su mejor regalo; y al músico y pintor Luis Hernández que nonagenario ya, tiene siempre en su caballete una obra casi siempre marina; y de las mujeres pintoras del mar: las tres iguales en amor y diversas en estilo: Laura Díaz, Mercedes Rodríguez y Marichu Pombal.
Cada diciembre, el Salón Marinas, evento auspiciado por la Galería de Arte "Leopoldo Romañach" de Caibarién, reconoce la calidad y permite apreciar la influencia del mar en la obra de artistas locales y de otras ciudades del centro del país.
Y por qué no, esos artistas empíricos y recientes que de pronto se aparecieron con obras asombrosas de tema marino: Araque, cuyo patio recuerda los fondos en que se sumergió en otros tiempos y Sandiel García, cuyas sirenas provocan similar embrujo que aquellas cuyo canto enloquecía a los marineros de antaño.
O los fotógrafos, artistas de la imagen que captan amaneceres y atardeceres, fauna marina, pescadores solitarios, sombras de esplendores pasados y hasta alguna misteriosa sombra que rememora leyendas contadas por pescadores, hablo de Ocampo, Mendoza y Lázaro, por ejemplo.
El mar, nuestro, cotidiano y entrañable, también toca con su encanto a los artistas populares de la Parranda, la más significativa tradición caibarienense, para sacar en cada diciembre fondos marinos, animales exóticos, leyendas deslumbrantes.
Lo dicho, los artistas de la plástica perciben y nos enseñan a través de sus miradas cuán afortunados somos de vivir junto al mar.
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